Es un gusto poder compartir el primer capítulo del libro «El despertar de las conciencias», La Organización Celular Autogestiva OCA. El instrumento para la toma de decisiones difíciles o fatales. (alcoholismo, drogadicción, violencia o suicidio). De Rafael Romero Cabello Y Ernesto Ugarte Vivanco. Libro disponible en amazon.com.usa (importante entrar a la página de Estados Unidos) y en www.autoreseditores.com (México).



CAPÍTULO UNO

El sentido de la existencia y la prevención de riesgos.

Nací en febrero de 1957, cuando fue el temblor que derrumbó el Ángel de la Independencia en la Ciudad de México, entonces llamado Distrito Federal, y también cuando la avioneta de Pedro Infante se accidentó y este murió.
Los eventos se conectan con la imaginación; yo conecto esos eventos con mi nacimiento. El Ángel de la Independencia quería verme; con el sismo, el ángel miró hacia abajo, pero en caída libre ya no pudo aletear.
Pedro Infante también quería verme, ladeó la avioneta y, por el peso, ya no la pudo enderezar y se estrelló con un cerro.

28 años después, en noviembre de 1985, fui al centro de la Ciudad de México en mi vocho modelo 75 de color verde a buscar un traje porque iba a titularme. En el camino vi escombros, calles cerradas y, por alguna razón que no puedo explicar, me detuve exactamente frente a una ventana de una casa de vecindad que estaba medio destruida y, al observar a través de ella, vi a un joven queriendo amarrar una cuerda a una viga y estoy seguro de que quería colgarse. Dejé el carro mal estacionado a la orilla de la calle, me bajé y corrí hacia la habitación en donde había visto esa escena y entré empujando la puerta con mucha fuerza, casi al mismo tiempo que le decía: «¡No te cuelgues!».
Inmediatamente me acerqué al chico, a quien abracé como si lo conociera de hace tiempo, preguntándole: «¿Vivías aquí o murió tu familia?». Y él, entre sorpresa y miedo, me contestó: «No, mi abuelo es el propietario y me envió para que le haga un informe de la situación de la propiedad». Por cierto, no me mencionó que le informara de las personas que aquí vivían; solo le interesa lo material.
Que tu abuelo te haya enviado aquí como que no es motivo para quererte suicidar.
– Hace un mes, sin preguntar mi opinión, me trajeron a vivir con mi abuelo. Yo estaba bien, diría que era feliz en Orizaba, Veracruz; tenía a mi novia y hasta teníamos planes para vivir juntos y quizá tener un hijo.
—¿Por qué decidieron enviarte con tu abuelo?
– Porque mis padres se están divorciando y discuten muy seguido por el departamento, que en dos años se termina de pagar y la situación se volvió insoportable.
-Te propongo algo: yo algunos años atrás estaba en una situación difícil como tú ahora y alguien me dijo que elaborara mi proyecto de vida.
Pero si quieres, vamos a visitar a un amigo que trabaja en una línea de prevención del suicidio y tiene mucha experiencia, para que veas que no lo estoy inventando. Eso del proyecto de vida sí funciona si buscas la espiritualidad y estableces una relación genuina con tu poder superior, si analizas tu personalidad y estableces una relación genuina contigo mismo. Si aprendes a relacionarte con los demás.
Elaborar tu proyecto de vida en donde el objetivo principal es ser útil y feliz.
No tengo tiempo para esas tonterías; yo quiero que mi novia entienda, mis padres vuelvan a quererse y me quieran a mí y me den lo que necesito. Y mi abuelo, deje de mandarme y nada más esté pensando en el dinero.
Cuando yo me puse en disposición de realizar estas cuatro actividades, para salvar mi vida, mi vida cambió.

¿Qué me garantiza que mi vida cambie? Lo que necesito es dinero para independizarme, vivir con mi novia y ser feliz, demostrándole a todo el mundo que yo sí puedo.

Pues date la oportunidad de construir tu proyecto de vida, donde tenemos que resolver estas preguntas:
¿Quién soy en lo espiritual, quién quiero ser y qué tengo que hacer para lograrlo?
Cuando tú me digas que ya tienes avances, iniciamos a trabajar en el segundo aspecto, conocerte a ti mismo a través de una relación genuina entre tu poder superior, o Dios o como le llames.
Tengo una pregunta: ¿Cómo es la relación genuina con Dios?
Aclaremos que hay diferencia entre religión, espiritualidad y conciencia. El cristianismo es una religión monoteísta basada en la vida de Jesús de Nazaret. La religión católica influye en México en la cultura, la política y la vida social desde la época colonial hasta la actualidad. La espiritualidad es la búsqueda personal del sentido, propósito y conexión con uno mismo, los demás, la naturaleza y lo emocional, representado por la vida interior y la parte inmaterial y esencial del ser humano. El verdadero exorcismo es expulsar las creencias que te encadenan.
La humildad espiritual no es hacerse pequeño, es recordar que eres parte del todo. “El deseo profundo es el punto de partida de todo logro”; esto lo dijo Napoleón Hill.
¿Cuál es la mejor religión?
A esta pregunta, el Dalai Lama contestó: “La mejor religión es la que te haga mejor persona”.
¿Entonces no sirven las religiones, cuál Dios funciona, ninguno?
Las religiones son importantes para conformar la ideología, la visión del mundo, que imponen los gobernantes al pueblo. Pero los grandes eventos religiosos generan una energía de fe que motiva a la gente, al pueblo a creer. Eso explica la importancia de la evangelización de los españoles en la colonia, explica la dominación ideológica de la religión cristiana en México. Por esa controversia se genera la Guerra de Reforma, la Guerra Cristera y, en la actualidad, la Iglesia católica apoya a los opositores del gobierno.


Ya sé quién soy desde niño; mis padres me han dado todo: alimentos, escuela, viajes, juguetes, y nada me interesa, todo me aburre, no tengo amigos, no tengo amores, no tengo patria y ahora no tengo religión.
Eso es lo que tú crees. Y ves tu vida desde un lado depresivo, tienes una baja autoestima, tienes miedo de enfrentarte a la vida. Por tus dependencias de otras personas, no tienes el poder para vivir; con tu nuevo sistema de creencias espirituales te puedes concentrar en conocer tus defectos de carácter y cómo controlarlos con tus virtudes. Definimos cuáles son tus dependencias y desarrollaremos estrategias para que seas independiente; lo que tenemos que hacer es “aprender a aprender, aprender a ser, aprender a hacer, y practicar este código de vida en todos tus asuntos: cortesía, bondad, honestidad, humildad, justicia y amor”.
Me está interesando; con la ayuda de mi poder superior y con tu ayuda, estoy dispuesto a desarrollar mi proyecto de vida, que me enseñe a vivir con tranquilidad, paz y en el presente.
Por cierto, no nos hemos presentado. Mi nombre es Francisco, tengo 28 años; como dice la canción de José, he rodado de aquí para allá, fui de todo y sin medida, pero te juro por Dios que lo que me interesa es ayudarte y que tengas una oportunidad como yo la tuve de aprender a vivir, ser útil y ser feliz.

Yo me llamo Daniel, tengo quince años, nací en Orizaba, Veracruz, terminé la secundaria y quiero vivir con mi novia, tener un hijo, trabajar, vivir en Orizaba y viajar por todo el mundo. Pero mis padres, que no son ejemplo de nada, se están divorciando; me dicen que me prepare para el examen de la prepa, que si no les obedezco, me mandan con mi abuelo José. Mi novia Laura dice que ella me espera a que termine mi carrera. —Ves, Francisco, nadie me comprende, no tiene sentido mi vida.

No creas, Daniel, nos parecemos más de lo que tú crees, y nos encontramos porque se alinearon nuestras energías. Yo venía a comprar ropa para mi titulación y ahora mírame junto a ti. Algunos dirán: «Es una casualidad»; otros diremos: «Es un milagro». Daniel, te invito a conocer al Dr. Roberto Arias; es un amigo que tiene conocimientos sobre el suicidio.

¿Pero decías que venías a comprar ropa para tu graduación?

Sí, pero eso puede esperar o voy al evento con mi ropa de siempre; ahora lo importante eres tú, Daniel. Tú tienes quince años y yo veintiocho; igual que tú, yo a los quince años toqué fondo y quería suicidarme, pero mi fuga fue por el alcoholismo. Llegué a ser un paria, un perdido, un ave sin rumbo. A los veinticinco años recibí el mensaje y me declaré alcohólico anónimo. Y hoy, a los veintiocho años, en el mismo día de mi graduación, tengo la oportunidad de ayudarte y sería para mí como una graduación espiritual.

Una semana después, Francisco y Daniel fueron a visitar a Rogelio, un psicólogo ya en el retiro, que actualmente no daba consulta, salvo en casos especiales cuando un antiguo paciente o un amigo le pedían intervención. De férrea personalidad y con poco tacto y sin recato en sus palabras, después del protocolario saludo de bienvenida y reconocimiento, se dirigió a Daniel con estas palabras:
¿A poco crees que eres especial por intentar suicidarte? ¿Y de verdad querías hacerlo? No me contestes, es una pregunta retórica y no es que no me importe tu respuesta, es que solo debe importarte a ti. Yo solo soy un hombre que se apega a la ciencia y a los datos estadísticos. No ofrezco la verdad en un solo camino, ofrezco alternativas que no has visto. Y estoy seguro de que tu vida vale la pena y eres más que un dato estadístico. ¿A qué me refiero? Te platico:
A nivel mundial, cada año, 727 000 personas se quitan la vida, pero hay muchas más personas que lo intentan. Cada segundo en el mundo, una persona intenta quitarse la vida, dejando dolor, pena y zozobra en su familia.
También debes saber que el doble de personas que lo intentan son mujeres, es decir, de cada tres personas suicidas, dos son mujeres, pero también es el doble número de hombres quienes logran su cometido. Es decir, dos hombres mueren por cada mujer que se suicida.
¿Qué más quieres saber?, porque te puedo contar que los suicidios pueden ocurrir a cualquier edad y son la tercera causa más frecuente de muerte en las personas de 15 a 29 años.
Daniel interrumpió durante una pausa preguntando: —¿Qué lleva a las personas a tomar la decisión de querer quitarse la vida?
Rogelio contestó: —Las causas son muy variadas; sin embargo, muchos casos ocurren de forma impulsiva en situaciones de crisis, cuando la persona no se siente capaz de enfrentar factores muy estresantes, como problemas económicos, conflictos de pareja, separación de los padres, enfermedades o dolores crónicos.
Daniel volvió a preguntar: —¿Quién se suicida más?
Bueno, según la OMS, las tasas de suicidio también son elevadas entre los grupos vulnerables y discriminados, como los refugiados y migrantes, los pueblos indígenas, el colectivo LGBT+ y los reclusos.
Daniel preguntó: «¿Cómo se suicidan las personas?»
Rogelio dijo: —Veo que te está interesando el tema, pues el método más usado es el ahorcamiento, sí, como el método que usó Judas; cualquier cosa que sirva de soga y cualquier cosa que sirva de viga, y es el domicilio o vivienda donde sucede el trágico evento. ¿Tú cómo lo intentaste? Tampoco me contestes, pero le sigue en las formas, con un arma, cortándote las venas, con pastillas, aventándose de un puente o edificio y al final con métodos muy creativos, pero menos efectivos.
De todos estos datos debes saber que el suicidio es prevenible, es decir, lo puedes evitar, y como su intento es un arranque impulsivo, solo es necesario tener unos minutos para hablar del tema para entender que, si lo recapacitas, no hay nada, no hay situación o motivo por el que valga la pena hacerlo. Cualquier persona, incluyendo familia, amigos, otros seres o individuos importantes para el suicida, puede proporcionar apoyo emocional.
Y si te preocupa si el suicidio es un delito, bueno, más bien si te preguntas, porque no creo que te preocupe, déjame decirte que en México no lo es; se considera un problema de salud pública, mental y social que puede afectar a cualquier individuo, sin distinción de edad, género o condición socioeconómica.
Curiosamente, aunque se considera un problema de salud mental y social, se cree que todas las personas alguna vez en su vida han tenido pensamientos relativos al suicidio, en distintos grados de gravedad, y esto depende del equilibrio de factores como la salud física, mental, emocional, espiritual y social.
Bueno, ya es mucha información por hoy, pero te has ganado una cita conmigo la próxima semana; tienes que venir a verme, por cierto, solo, sin la presencia de Francisco; lo que te voy a contar es demasiado confidencial.
Daniel se quedó sorprendido; pensó que en la primera entrevista con el psicólogo se vería sometido a un interrogatorio exhaustivo, pero lejos de eso, Rogelio habló y habló y habló como perico.
Esas estadísticas le hicieron decir para sí mismo: —Y yo pensando que era el único. –

El zumbido monótono de un despertador marca, para millones de personas cada mañana, el inicio de una inercia dolorosa. Abrir los ojos no siempre es sinónimo de despertar; muchas veces es simplemente reanudar una marcha automática hacia ninguna parte. En la saturación de la modernidad, donde las pantallas nos bombardean con un exceso de información desprovista de significado real, el ser humano contemporáneo se enfrenta a una de las paradojas más crueles de su historia. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para alargar la vida biológica y, sin embargo, rara vez habíamos experimentado tal orfandad existencial. La pregunta fundamental ya no es únicamente cómo sobrevivir al entorno físico,
Si no, ¿para qué seguir respirando cuando el horizonte parece haberse borrado por completo?
La falta de sentido no es una simple incomodidad pasajera. Es una herida invisible que, si se deja desatendida, supura y se transforma en desesperanza.
Esta desesperanza es un peso gélido que se instala en el pecho, una niebla que distorsiona la percepción de la realidad y nos convence de que el dolor presente es eterno. Cuando la vida pierde su propósito, el sufrimiento cotidiano —que es parte inherente de la experiencia humana— deja de ser un desafío para convertirse en una tortura insoportable. En este vacío resuena el eco de los riesgos más profundos, aquellos que empujan a la mente hacia precipicios oscuros. Las decisiones fatales, y de manera específica el suicidio, rara vez son actos de cobardía o de valentía; son, en la inmensa mayoría de los casos, el trágico desenlace de un sufrimiento psicológico que ha superado los recursos internos de contención del individuo. Es la ilusión de apagar un incendio destruyendo la casa por completo.
Frente a esta vulnerabilidad epidémica, la respuesta no puede limitarse a frases motivacionales vacías o a la simple medicalización del malestar. Se requiere una salvaguarda robusta, una estructura capaz de sostener la psique cuando los vientos de la adversidad amenazan con derribarlo todo. Aquí emerge la necesidad imperiosa de construir un proyecto de vida. No estamos hablando de una agenda corporativa de metas a corto plazo, ni de una lista superficial de deseos materiales. Un proyecto de vida, en su sentido más profundo y genuino, es la arquitectura de nuestro propio sentido. Es el ancla que impide el naufragio existencial.



Un proyecto de vida actúa como un sistema inmunológico para el alma. Cuando poseemos una claridad sobre hacia dónde caminamos y, sobre todo, por qué caminamos, los fracasos temporales, las pérdidas y las crisis no nos destruyen. Nos lastiman, nos obligan a reconfigurar la ruta, pero no aniquilan nuestro núcleo porque existe una razón superior que nos mantiene de pie. La verdadera prevención de las conductas de riesgo y de las decisiones irreparables no se logra únicamente levantando barreras alrededor del precipicio, sino enseñando a la persona a construir un jardín en tierra firme, un espacio interno que valga la pena habitar.
Para entender cómo se edifica esta obra monumental, es fundamental adoptar una perspectiva que abarque la totalidad del ser humano. El sufrimiento que lleva a la desesperanza no ocurre en el vacío, y tampoco lo hace la sanación. Desde la visión de la Organización Celular Autogestiva (OCA), comprendemos que la plenitud humana no se alcanza fragmentando al individuo, sino integrando activamente todas las dimensiones que lo componen. La metodología de la OCA no postula soluciones mágicas; propone un trabajo de autogestión profunda, un despertar de la responsabilidad personal respaldado por una estructura comunitaria, celular, donde cada individuo es una unidad vital que interactúa, se fortalece y crece en conjunto con su entorno.
Esta integración requiere observar rigurosamente las cuatro esferas fundamentales de nuestra existencia. Ignorar cualquiera de ellas es dejar un pilar suelto en nuestra construcción. La primera es la esfera física y biológica. Nuestro cuerpo no es solo un vehículo, es el sustrato material de nuestras emociones y pensamientos. El autocuidado, el respeto por nuestros ciclos de descanso, nuestra nutrición y la salud fisiológica determinan la energía con la que enfrentamos los días. No se puede sostener un propósito elevado si se desprecia el templo orgánico que le da morada.
La segunda es la esfera psicológica y emocional. Aquí se asienta la forma en que interpretamos el mundo. Es el territorio de nuestras creencias, nuestros traumas no resueltos, nuestras habilidades de afrontamiento y nuestra capacidad para tolerar la frustración. El proyecto de vida necesita de una mente que se entrena para la resiliencia, que aprende a identificar pensamientos catastróficos y que desarrolla la agudeza necesaria para pedir ayuda cuando la tormenta interna se vuelve inmanejable.
La tercera, la esfera social y económica, nos recuerda que no somos islas. Existimos en una red de vínculos familiares, laborales y comunitarios. Nuestro trabajo, ya sea remunerado o de servicio, es una de las vías principales a través de las cuales aportamos valor al mundo. La precariedad económica, el aislamiento social y los entornos laborales tóxicos son factores de riesgo altísimos. Un proyecto de vida sólido debe contemplar cómo nos insertamos en la sociedad, cómo construimos redes de apoyo mutuo y cómo gestionamos nuestros recursos para alcanzar una estabilidad que nos permita operar sin el pánico constante de la supervivencia.
Finalmente, la esfera espiritual y religiosa representa la cúpula de nuestra arquitectura. Independientemente de si se canaliza a través de una fe organizada, una práctica meditativa o un profundo sentido ético del universo, esta dimensión alimenta la trascendencia. Nos conecta con valores supremos: la bondad, la justicia, el amor, aquello que es más grande que nuestro ego temporal. Es el aliento que da respuesta a las madrugadas oscuras, recordando que somos parte de un tejido existencial infinito.
Integrar estas cuatro esferas es un acto de rebeldía contra la desesperanza. Para ilustrar cómo esta teoría desciende a la realidad palpitante, observemos la experiencia de alguien que ha caminado al borde del abismo.
Marcos había cumplido treinta y cuatro años cuando sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Desde el exterior, su vida parecía funcional. Tenía un empleo de oficina con un salario que cubría sus necesidades básicas y compartía departamento con un viejo amigo de la universidad. Sin embargo, en la esfera psicológica y emocional, Marcos habitaba en ruinas. Cada noche, al apagar la luz, el silencio de su habitación se llenaba con la voz de la inutilidad. Se había convencido de que su existencia era un error estadístico, una repetición estéril de rutinas para mantener vivo un cuerpo que ya no deseaba despertar.
El deterioro de Marcos fue gradual. Primero abandonó el cuidado de su esfera biológica; dejó de hacer ejercicio, se alimentaba de comida rápida y dormía a ráfagas irregulares. Luego, su esfera social se marchitó. Cancelaba reuniones, respondía mensajes con monosílabos y construyó un muro invisible entre él y cualquier persona que intentara acercarse. El dolor, espeso y sofocante, lo fue aislando. Para él, la idea del suicidio no apareció como un acto violento, sino como una fantasía engañosa de descanso absoluto. Era la promesa de apagar un ruido que nadie más parecía escuchar.
Una tarde de noviembre, la crisis alcanzó su punto de quiebre. Sentado en el borde de su cama, mirando un frasco de analgésicos que había acumulado durante meses, sintió que había llegado al final de sus fuerzas.
—¿Qué sentido tiene seguir si todos los días parecen una fotocopia borrosa del anterior?
—susurró en la penumbra de su cuarto, con la voz quebrada por un llanto que llevaba años atascado en su garganta.
No hubo una epifanía mágica ni coros celestiales. Lo que interrumpió el impulso fatal fue un recuerdo insignificante, pero profundamente arraigado en su esfera social. Hacía dos días, una vecina anciana del piso inferior le había pedido que, por favor, no olvidara regar las plantas de su pasillo porque ella estaría hospitalizada por una semana. Era una responsabilidad minúscula, irrelevante a escala cósmica, pero en ese segundo exacto, ese hilo microscópico lo conectó con la vida. Alguien necesitaba que él, y solo él, hiciera algo la mañana siguiente.
Marcos dejó el frasco en la mesa de noche. Al día siguiente buscó ayuda. Fue el primer paso de un largo y doloroso proceso de reconstrucción. Semanas después, al integrarse a talleres de escucha y lectura compartida, comenzó a comprender la filosofía de la autogestión. Entendió que no podía esperar pasivamente a que el mundo le otorgara un sentido; él tenía que fabricarlo a través de la praxis, de la acción deliberada y del compromiso.
—El vacío no desaparece por decreto judicial ni por arte de magia —le explicó un facilitador de la Organización Celular Autogestiva durante un círculo de diálogo—. El vacío se llena tomando decisiones conscientes. Cada vez que decides qué comer basándote en el cuidado de tu cuerpo, estás construyendo el proyecto de vida. Cada vez que perdonas un error ajeno, cada vez que organizas tus finanzas para tener paz mental, cada vez que lees algo que desafía tu intelecto, estás levantando un muro contra la desesperanza. Estás diciendo: yo existo y mi existencia importa.
A través de la escritura terapéutica y la reflexión guiada, Marcos pudo trazar un mapa de su propio dolor y, más importante aún, de sus recursos. La prevención no consistió en dejar de sentir tristeza, sino en aprender a leerla como una señal en el tablero de un vehículo, indicando qué esfera necesitaba atención. Desarrolló mecanismos para frenar la espiral destructiva antes de que tomara velocidad y se apoyó en una red de acompañamiento mutuo donde su experiencia de supervivencia servía de faro a otros que apenas comenzaban a caminar en la oscuridad.
El relato de Marcos no es una excepción literaria, es el reflejo de una realidad apremiante. Vivir sin un rumbo trazado por nuestra propia conciencia es como navegar en altamar en una balsa sin remos, a merced de cualquier tormenta estadística. En la Organización Celular Autogestiva, reconocemos que el antídoto contra esta vulnerabilidad radica en asumirnos como arquitectos de nuestro destino. Esta asunción de poder personal no es solitaria, es celular y expansiva. Se trata de reconocer que nuestra salud, nuestras emociones, nuestra productividad y nuestra conexión espiritual están íntimamente entrelazadas y requieren un mantenimiento diario.
Al llegar a este punto de inflexión, se vuelve indispensable detener el flujo pasivo de nuestros pensamientos para realizar un inventario de nuestra situación actual. La acción demanda praxis. La teoría de las cuatro esferas resulta vana si no se somete a un escrutinio personal minucioso. Imagina que tienes un lienzo mental frente a ti. La primera pincelada de tu proyecto de vida comienza al cuestionar sin filtros el estado de tu cuerpo. Hay que interrogar con honestidad absoluta la calidad del descanso que te das, la energía que consumes y si estás tratando a tu organismo biológico como un hogar permanente o como un hotel de paso.
A renglón seguido, el ejercicio requiere que gires la mirada hacia tu interior emocional. Es el momento de auditar cómo reaccionas ante el error, ¿cuánto tiempo pasas rumiando escenarios catastróficos que nunca suceden y qué haces con la ira o la frustración cuando golpean tu puerta? El proyecto de vida necesita un gerente emocional que no suprima los sentimientos, sino que sepa canalizarlos. Nadie en el exterior puede gestionar la paz que tú te niegas en tu fuero interno.
Luego está el inventario social y económico. Hay que examinar con objetividad la calidad de las personas de las que te rodeas. Evalúa si tus vínculos nutren tu propósito o si drenan tus limitadas reservas de esperanza. Hay un trabajo profundo en entender si la forma en que generas tus recursos económicos respeta tu dignidad o si te somete a un desgaste que pone en jaque tu supervivencia psíquica. Administrar la realidad material es tan espiritual como meditar.
Y, como vértice final, el autoexamen espiritual, despojado de dogmatismos. ¿Cuál es la creencia fundamental que justifica tu esfuerzo diario? ¿Existe en tu vida un espacio para asombrarte, para agradecer, para sentirte parte de una totalidad armónica? Cuando la desesperanza ataca, lo primero que destruye es la perspectiva; nos encierra en nuestra propia mente, convenciéndonos de que nada importa. El proyecto de vida restaurado abre las ventanas, permitiendo que la luz de los valores trascendentales nos guíe de vuelta al presente.
Este nivel de introspección revela que la salvaguarda de la que hablamos no se compra, ni se encuentra repentinamente al cruzar la calle un martes cualquiera. Es el resultado de una artesanía vital, constante y tenaz. La prevención de las decisiones fatales se vuelve entonces un subproducto natural de una vida que está demasiado ocupada construyéndose a sí misma, demasiado arraigada en sus propios cimientos como para ser arrastrada por la corriente de la falta de sentido.
Sin embargo, para poder modelar este propósito, para poder trazar metas y construir relaciones significativas que nos anclen fuertemente al mundo, chocamos sistemáticamente con una realidad ineludible. Cada uno de nosotros aborda esta tarea con una materia prima única e irrepetible. No podemos diseñar una torre sin conocer la densidad estructural del acero y el concreto que tenemos a nuestra disposición. Del mismo modo, no podemos exigirnos forjar un destino sin comprender íntimamente de qué estamos hechos desde nuestro origen. La arquitectura de nuestro ser cuenta con una amalgama compleja donde nuestra herencia nerviosa y biológica choca de frente con las decisiones, hábitos e influencias que el entorno nos ha esculpido durante años. Conocer la textura exacta de estos componentes, saber distinguir entre aquello con lo que nacimos y aquello que hemos elegido forjar con el tiempo, es el trabajo inmediato que nos aguarda para continuar ensamblando las verdaderas fortalezas de nuestra identidad.

Por Ernesto Ugarte

Dr. en Alta Dirección de servicios de Salud. Químico clínico de UV.LABS análisis clínicos. Jefe de Laboratorio Clínico HGZ 48 IMSS (jubilado). ernestougarte2@gmail.com

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