Los siguientes comentarios son resultado de un análisis critico sin fines partidistas, es la visión personal de un servidor que siente afinidad por la 4T, pero que no puede ser aplaudidor de lo que considera “las malas decisiones desde el gobierno”.

En la Ciudad de México, la imagen se ha convertido en el principal motor de la política. Desde finales de 2024, la administración de Clara Brugada ha impulsado la llamada “ajolotización”: estatuas monumentales, vagones del Metro, puentes y guarniciones teñidas con el anfibio endémico de Xochimilco y el color morado. Lo que se presenta como reivindicación cultural y social oculta una estrategia populista: apropiarse de símbolos sin garantizar su conservación, violar normas de seguridad vial y usar la capital como plataforma para aspirar a preferencias nacionales.

El ajolote (Ambystoma mexicanum) es emblema biológico y cultural: figura en el billete de 50 pesos, símbolo de regeneración y orgullo chilango. Pero la realidad es dura: censos del Instituto de Biología de la UNAM registran menos de 35 ejemplares por km² en Xochimilco, frente a más de mil en 2002. Contaminación, pérdida de humedales y turismo masivo lo mantienen en peligro crítico.
La administración lo ha convertido en marca política: lo coloca en espacios públicos durante el Mundial de futbol 2026, lo vincula a “transformación y paz” y anuncia santuarios —mientras colectivos ambientalistas y la oposición denuncian eventos como el “Ajolotón” de 2022, donde se manipularon ejemplares para fotografías propagandísticas. Las principales criticas señalan que se explota la imagen, pero no se cuida el hábitat.


A eso se le llama “Populismo simbólico”: conectar emocionalmente sin resolver causas estructurales.

El morado prohibido en vías y transporte
Junto al ajolote, el color morado inunda guarniciones, cruces peatonales y estaciones. La Jefa de Gobierno lo defiende como símbolo de lucha feminista y reivindicación social; pero la NOM 034 SCT2/SEDATU 2022 es clara: solo se permiten blanco, amarillo, verde, azul y rojo, según función y contraste. El morado no cumple requisitos de reflexión ni contraste, confunde a conductores y peatones —especialmente en condiciones de poca luz— y contraviene la Convención de Viena sobre señalización vial.
El color morado parece mas un maquillaje de poder

La CDMX como trampolín electoral
La Ciudad de México concentra cerca del 18 % del electorado nacional, recursos y visibilidad mediática: la Jefatura de Gobierno ha sido históricamente plataforma hacia la presidencia —Cárdenas, Ebrard, Sheinbaum lo demuestran. Clara Brugada, electa en 2024 para seis años sin reelección, construye su perfil nacional: vincula su gestión a la identidad capitalina, aprovecha el Mundial 2026 y se aleja de problemas cotidianos —mantenimiento del Metro, inseguridad, saneamiento de Xochimilco— con campañas visuales de alto impacto.

La estrategia es conocida: gobernar para la imagen, no para la solución. La “ajolotización” y el balizamiento morado no son políticas públicas: son activos de posicionamiento. Al monopolizar símbolos locales y sociales, la administración busca capitalizar el voto capitalino para proyectarse en competencias futuras, sin rendir cuentas sobre el destino de los recursos —se estima que la transformación visual supera los 23 000 millones de pesos sin desglose claro.

Conclusión
El ajolote no es un logro de gobierno; el morado no es progreso vial. Son piezas de un discurso populista que reduce la identidad a imagen, la seguridad a estética y la gestión a campaña. Mientras la especie se extingue en Xochimilco y la señalización vial pierde claridad, la Ciudad de México funciona como escenario: cada mural, cada puente pintado, es un paso más en la carrera por ganar preferencias electorales, antes que por atender a quienes habitan la ciudad.
La verdadera reivindicación no requiere colores prohibidos ni mascotas mercantilizadas: requiere restaurar humedales, limpiar los valiosos ríos que corren por la ciudad, cumplir normas y poner el bienestar de la población por encima de la proyección personal.

Y no es que no reconozcamos que hay muchas cosas que se están haciendo bien por la ciudad, como por ejemplo los programas de PILARES, (que aun no terminan por consolidarse) o los de la rehabilitación de parques para la convivencia familiar, y desarrollo de infraestructura recreativa y deportiva en varias alcaldías bajo el programa “parques alegría” o “sembrando parques” y mejor aún, las UTOPIAS, (Unidades de Transformación y Organización para la Inclusión y la Armonía Social) que son mega complejos comunitarios, deportivos, culturales y cuyo objetivo principal es recuperar el espacio público y garantizar el acceso gratuito a derechos universales para reducir la desigualdad.
Los habitantes de la ciudad de México, nosotros llamados “chilangos” con mucho orgullo, necesitamos y queremos que en nuestras cercanías haya espacios de esparcimiento, de cultura y deporte, lugares para la capacitación y el desarrollo laboral, espacios para el comercio y la economía comunitaria, espacios para la organización celular autogestiva.
Por ello, no hay necesidad de adelantarse a los tiempos de querer despegar políticamente, eso solo demuestra una ambición mal medida, mal asesorada y que lejos de lograr la simpatía del electorado, genera malestar.
Recordemos que el expresidente de México, (AMLO) conocía muy bien a las clases populares y trabajadoras mexicanas, exaltando su instinto político, honestidad y capacidad para tomar decisiones trascendentales para el país llamándolo “Pueblo bueno, pueblo sabio” y diciendo “Tonto es el que cree que el pueblo es tonto”.
Comentarios personales. Sujetos a escrutinio pub lico y la mejor opinión del lector.
Ernesto Ugarte V.

Por Ernesto Ugarte

Dr. en Alta Dirección de servicios de Salud. Químico clínico de UV.LABS análisis clínicos. Jefe de Laboratorio Clínico HGZ 48 IMSS (jubilado). ernestougarte2@gmail.com

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