El zumbido monótono de un despertador marca, para millones de personas cada mañana, el inicio de una inercia dolorosa. Abrir los ojos no siempre es sinónimo de despertar; muchas veces es simplemente reanudar una marcha automática hacia ninguna parte. En la saturación de la modernidad, donde las pantallas nos bombardean con un exceso de información desprovista de significado real, el ser humano contemporáneo se enfrenta a una de las paradojas más crueles de su historia. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para alargar la vida biológica, y sin embargo, rara vez habíamos experimentado tal orfandad existencial. La pregunta fundamental ya no es únicamente cómo sobrevivir al entorno físico,
sino para qué seguir respirando cuando el horizonte parece haberse borrado por completo.
La falta de sentido no es una simple incomodidad pasajera. Es una herida invisible que, si se deja desatendida, supura y se transforma en desesperanza. Esta desesperanza es un peso gélido que se instala en el pecho, una niebla que distorsiona la percepción de la realidad y nos convence de que el dolor presente es eterno. Cuando la vida pierde su propósito, el sufrimiento cotidiano —que es parte inherente de la experiencia humana— deja de ser un desafío para convertirse en una tortura insoportable. En este vacío resuena el eco de los riesgos más profundos, aquellos que empujan a la mente hacia precipicios oscuros. Las decisiones fatales, y de manera específica el suicidio, rara vez son actos de cobardía o de valentía; son, en la inmensa mayoría de los casos, el trágico desenlace de un sufrimiento psicológico que ha superado los recursos internos de contención del
individuo. Es la ilusión de apagar un incendio destruyendo la casa por completo.
Frente a esta vulnerabilidad epidémica, la respuesta no puede limitarse a frases motivacionales vacías o a la simple medicalización del malestar. Se requiere una salvaguarda robusta, una estructura capaz de sostener la psique cuando los vientos de la adversidad amenazan con derribarlo todo. Aquí emerge la necesidad imperiosa de construir un proyecto de vida. No estamos hablando de una agenda corporativa de metas a corto plazo, ni de una lista superficial de deseos materiales. Un proyecto de vida, en su sentido más profundo y genuino, es la arquitectura de nuestro propio sentido. Es el ancla que impide el naufragio existencial.
Un proyecto de vida actúa como un sistema inmunológico para el alma. Cuando poseemos una claridad sobre hacia dónde caminamos y, sobre todo, por qué caminamos, los fracasos temporales,
las pérdidas y las crisis no nos destruyen. Nos lastiman, nos obligan a reconfigurar la ruta, pero no aniquilan nuestro núcleo porque existe una razón superior que nos mantiene de pie. La verdadera prevención de las conductas de riesgo y de las decisiones irreparables no se logra únicamente levantando barreras alrededor del precipicio, sino enseñando a la persona a construir un jardín en tierra firme, un espacio interno que valga la pena habitar.

Rafael. Aprecio mucho el esfuerzo que hiciste para publicar esta entrega del libro «Proyecto de vida». Propiamente con el título: «El sentido de la existencia y la prevención de riesgos». Se menciona que la vida no tiene un propósito, salvo el que construyas para ti mismo; con la toma de decisiones asertivas, utilizas alegorías en un estilo casi poético para decirnos que el proyecto de vida no requiere de frases motivacionales, sino de una guía para la toma de decisiones difíciles o fatales, y para ello hay instrumentos que requieren trabajar todos los días, con templanza, con disciplina, con el despertar de la conciencia, pero sobre todo, no tenemos que enfrentar solos las dudas y los temores.
El verdadero poder de las OCAS estriba en que en lo colectivo podemos encontrar formas de escucharnos, ayudarnos y caminar juntos para enfrentar las adversidades. Estoy seguro de que tus libros tendrán éxito rotundo.